sábado, 11 de septiembre de 2010

Chistes absurdos


1. Clase de lingüística
Durante una clase de lingüística, un profesor les está explicando a sus estudiantes que en algunos idiomas, como el inglés, un doble negativo forma una afirmación, mientras que en otros idiomas, como el ruso, dos negaciones siguen siendo una negación. El profesor, entonces, continúa: "Sin embargo, en ningún lenguaje una doble afirmación forma un negativo". Al fondo de la clase se oye una voz aburrida que dice:
- Sí, sí...

2.Polizones
Un típo se embarca de polizón en un barco y tiene la mala suerte de que hay tempestad y el barco esta a punto de zozobrar. Para equilibrarlo el capitán repite una y otra vez:
- ¡Todos a popa! ¡Todos a proa! ¡Todos a popa! ¡Todos a proa!
Terminada la tempestad, al final del viaje le piden el billete al polizón y éste dice:
- ¡Pero hombre! ¿Cómo me pides el billete si he venido todo el camino andando?

3.Isla no tan desierta
- Me gustaría vivir en una isla desierta...
- A mí también.
- Carajo, ¡ya empezamos a llenarla!

4. La inauguración
Fue el alcalde a inaugurar un nuevo polideportivo en Palmira (Edo. Táchira) y en conmemoración cortaron la red de una cancha de tenis.

5.El invidente y el paseo
Un ciego va paseando y se encuentra un papel de lija, lo coge, lo palpa y dice:
- ¡Qué cantidad de tonterías trae el periódico.

6.Billete de metro
- Hola Buenas. ¿Me da un billete de Metro?
- ¡Hombre, tan grandes no tenemos!

Virgen de Coromoto y el milagro ante la ciencia



Septiembre 11, 2009


Honegger Molina




Uno de los hechos acontecidos recientemente y que representa un hito para la iglesia venezolana es la restauración de la Virgen de Coromoto. Conozco en persona a Nancy Jiménez, miembro del equipo restaurador, con prestigio en toda América por su cualificación en el ramo y quien aseguró un trabajo impecable. Reliquia, patrimonio del pueblo venezolano, que seguirá a salvo por muchos siglos más. La fe sencilla de la gente la venera desde hace 357 años, en Guanare, lugar de la aparición, y a donde los creyentes peregrinan al Santuario para confiarle su dolor y pedirle nuevas fuerzas para seguir luchando.

Resulta llamativo que las principales apariciones de la época Colonial sea a indígenas (nunca se aparece a obispos ni a curas), siendo que los indios en la primera época de la Conquista no eran considerados dignos de instrucción religiosa ni de sacramentos por “no tener alma”. Recordemos que los indios de Guanare ayudados por la Virgen salieron de las montañas para pedir conocimientos sobre Jesús de Nazaret, su hijo, y pedir el bautismo cristiano. Sin embargo, el cacique, al sentir que había perdido su libertad, se regresa a la selva. Pero en la madrugada de un día como hoy de 1652, aquella Bella Señora se le aparece de nuevo. El nativo le pide que lo deje tranquilo, y le dice que ya no le obedecerá. Entonces, se levanta toma el arco y la flecha para matar a la Señora, pero ésta se aproxima a él para abrazarlo. Acto seguido, al cacique se le caen las armas empuñadas. Entonces, toma por un brazo a aquella Dama para sacarla de su choza y en ese momento ocurre el milagro. Ella desaparece, dejando en la mano del Cacique su diminuta imagen.

Es una imagen que mide 2,5 cm de alto por 2 cm de ancho. Curiosamente tiene gran similitud con la Virgen del Principio. Pintura que le atribuyen al propio Evangelista Lucas, y que fue venerada en Nápoles desde el siglo IV. La interesante investigación titulada: “Extrañas Coincidencias, Similitud de la Virgen del Principio con la Virgen de Coromoto” escrita por, Medardo D´Ambrosio, en: La Voce D´Italia (27 de mayo del 2002), dejan perplejo a cualquier investigador que esté dispuesto a escudriñar las resonancias de los primeros siglos del cristianismo en suelo venezolano. En tal sentido, tenemos en Venezuela la imagen más próxima a la primera pintura de la Madre de Jesucristo con la cual se inició el culto mariano en el mundo.

En marzo de 2009 se dedica un laboratorio dentro del Santuario Nacional de la Virgen de Coromoto. Equipo de trabajo compuesto por los restauradores Pablo Enrique González y Nancy Jiménez. Los hallazgos dejaron perplejos a los “incrédulos” científicos. Descubriendo, por ejemplo, que una vez analizadas las aguas empleadas en el tratamiento original, el pH resultó ser neutro. Hecho inexplicable para la ciencia. Detectaron símbolos ancestrales, que para el antropólogo Nemesio Montiel, son claramente de origen indígena. Por observación microscópica, se logró identificar en los ojos de la Virgen, de menos de 1 milímetro (aproximadamente 2 micras), la presencia del iris. Se pensaba que los ojos de la pintura eran simples puntos. Al profundizar en el estudio del ojo izquierdo, se pudo definir un ojo con las características humanas. Se observa claramente el orbe ocular, el conducto lacrimal, el iris y un pequeño punto de luz en el mismo. Maximizando el punto de luz, se pudo observar que el mismo parece formar la imagen de una figura humana con características bien específicas y naturales.

Hoy María de Coromoto nos muestra cómo vencer la violencia que nos rodea al estilo de Jesús: traten a los otros como quieren que los traten a ustedes (Mt. 7,12) Su imagen muestra al Hijo Amado de Dios. Su único tesoro, como Señor de la historia que sostiene al mundo en su mano izquierda y nos bendice con la derecha. Como en las bodas de Caná nos recuerda su mandato: hagan lo que Jesús les diga (Jn. 2,5). Que María bendiga nuestra Patria y nos haga constructores de la justicia y la paz.

Escrito en Honegger Molina, Iglesia | Etiquetado Ciencia, Iglesia, Venezuela, Virgen de Coromoto | 26 comentarios

viernes, 10 de septiembre de 2010

EL REY CICLOTÍMICO


Cuando comencé a hablar, me di cuenta de mi aceleramiento. Estaba eufórico. A medida que le contaba a Jorge, me daba cuenta de cuántas cosas había hecho durante la semana. Como otras veces, me sentía un Supermán triunfal, un enamorado de la vida. Le contaba al gordo mis planes para los próximos días. Tenía tanta fuerza, tanta energía...

El gordo se sonrió alegre y acompañante. Como siempre, me pareció que ese tipo me acompañaba en mis estados de ánimo, cualesquiera que fueran. Compartir esta alegría con Jorge era una razón más para estar alegre. Todo me salía bien. Seguí planeando cosas. No me alcanzarían dos vidas para hacer lo que estaba dispuesto a empezar. —¿Te cuento un cuento? –dijo. Con esfuerzo, reconozco, me callé.

Había una vez un rey muy poderoso que reinaba un país muy lejano. Era un buen rey. Pero el monarca tenía un problema: era un rey con dos personalidades. Había días en que se levantaba exultante, eufórico, feliz. Ya desde la mañana, esos días aparecían como maravillosos. Los jardines de su palacio le parecían más bellos. Sus sirvientes, por algún extraño fenómeno, eran amables y eficientes esas mañanas.

En el desayuno confirmaba que se fabricaban en su reino las mejores harinas y se cosechaban los mejores frutos. Esos eran días en que el rey rebajaba los impuestos, repartía riquezas, concedía favores y legislaba por la paz y por el bienestar de los ancianos. Durante esos días, el rey accedía a todos los pedidos de sus súbditos y amigos.

Sin embargo, había también otros días. Eran días negros. Desde la mañana se daba cuenta de que hubiera preferido dormir un rato más. Pero cuando lo notaba ya era tarde y el sueño lo había abandonado. Por mucho esfuerzo que hacía, no podía comprender por qué sus sirvientes estaban de tan mal humor y ni siquiera lo atendían bien. El sol le molestaba aun más que las lluvias. La comida estaba tibia y el café demasiado frío. La idea de recibir gente en su despacho le aumentaba su dolor de cabeza. Durante esos días, el rey pensaba en los compromisos contraídos en otros tiempos y se asustaba pensando en cómo cumplirlos. Esos eran los días en que el rey aumentaba los impuestos, incautaba tierras.

Temeroso del futuro y del presente, perseguido por los errores del pasado, en esos días legislaba contra su pueblo y su palabra más usada era NO. Consciente de los problemas que estos cambios de humor le ocasionaban, el rey llamó a todos los sabios, magos y asesores de su reino a una reunión.

—Señores –les dijo— todos ustedes saben acerca de mis variaciones de ánimo. Todos se han beneficiado de mis euforias y han padecido mis enojos. Pero el que más padece soy yo mismo, que cada día estoy deshaciendo lo que hice en otro tiempo, cuando veía las cosas de otra manera. Necesito de ustedes, señores, que trabajéis juntos para conseguir el remedio, sea brebaje o conjuro que me impida ser tan absurdamente optimista como para no ver los hechos y tan ridículamente pesimista como para oprimir y dañar a los que quiero.

Los sabios aceptaron el reto y durante semanas trabajaron en el problema del rey. Sin embargo todas las alquimias, todos los hechizos y todas las hierbas no consiguieron encontrar la respuesta al asunto planteado. Entonces se presentaron ante el rey y le contaron su fracaso. Esa noche el rey lloró.
A la mañana siguiente, un extraño visitante le pidió audiencia. Era un misterioso hombre de tez oscura y raída túnica que
alguna vez había sido blanca.

—Majestad –dijo el hombre con una reverencia—, del lugar de donde vengo se habla de tus males y de tu dolor. He venido a traerte el remedio. Y bajando la cabeza, acercó al rey una cajita de cuero. El rey, entre sorprendido y esperanzado, la abrió y buscó dentro de la caja. Lo único que había era un anillo plateado.
—Gracias –dijo el rey entusiasmado— ¿es un anillo mágico?

—Por cierto lo es –respondió el viajero—, pero su magia no actúa sólo por llevarlo en tu dedo... Todas las mañanas, apenas te levantes, deberás leer la inscripción que tiene el anillo. Y recordar esas palabras cada vez que veas el anillo en tu dedo.
El rey tomó el anillo y leyó en voz alta: "Debes saber que ESTO también pasará."

jueves, 9 de septiembre de 2010

Árbol de luz


Consuelo Hernández


A esta hora en que todos duermen
en que nada se oye
rebozante de ti danza la noche.

El deseo deslíe las entrañas
desandando del otoño
promesas que bostezan.

La piel juega a la noche
hospedando astros rojos
de destronados ecos
y no logra olvidarte.

Cómo hiere las manos
palpar en las mortajas...
Cómo duele allá adentro
abstenerse del aire que segundo a segundo
la sangre solicita...

Sigue tus pasos ...vestida de ti
alojada en tu cuerpo
tu imagen así se ata
como abeja al panal o araña a su telar...

En el río Amazonas te invita a nadar
y te enseña el secreto
del dominio del agua:
déjate llevar por su corriente
cara al cielo.
Aliméntate de vida boca arriba
bebe la semilla del viento
y olvida tus umbrales.

Con la fuerza del trueno
desaloja tus miedos
y entrégate a las aguas
que palmo a palmo lamen
tus carnes maceradas.

Flota en sus recodos y reposa
mientras velan tu sueño
como a un dios olvidado.

Como fugaz estrella
con el río se van lejos...
ella intenta despedirse
y tú invocas el miedo
de perderte en el mar
y gritas que no sabes nadar...
ella te salva a leguas de distancia
del punto original.

Contigo en tierra
por la orilla del río
el sendero es fácil
y corto el recorrido.

Mas llega el día,
noche más noche
que todas las noches juntas...
no estás... no hay río...
sólo queda tu voz dulce
al pronunciar su nombre
y persigue las sombras
maldiciendo la mano
que acaricia tu frente
y esa cómoda tumba
donde día a día mueres
ese profundo abismo
donde tú la sepultas...

Abre sus manos
y salta amor intacto
las fuerzas contenidas
en su casa cerrada
bullen sin encontrar salida.

Su corazón estalla
relumbroso de fuego
¡tantos deseos rojos
que sólo es llama viva!

Y se quema en sus ansias
su ser es una estrella
de puntas infinitas
y fosforecen todas
las costuras del alma.
Se estremece su piel
se iluminan sus nervios
y su cuerpo relumbra
como un árbol de luz.

Comentario al Evangelio del próximo domingo, 12 de septiembre, XXIVdel tiempo ordinario (Lucas 15, 1-32)


Evangelio del domingo: ¿Es usted un pródigo?
Por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm


OVIEDO, jueves, 9 de septiembre de 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo, administrador apostólico de Huesca y de Jaca.

* * *

Estamos ante una de las páginas evangélicas más sobrecogedoras, en las que como decía Charles Péguy, Dios parece que ha perdido la vergüenza. Ante la pregunta sobre la misericordia, Jesús describe una parábola, que simbólicamente representa a los dos tipos de personas que estarán en torno a su vida: los publicanos y pecadores por un lado, y los fariseos y letrados por otro. Pero el protagonismo no re cae en los hijos ni en sus representados, sino en el padre y en su misericordia.

Publicanos y pecadores (el hijo menor): Este hijo siempre había sido medidor de su destino: decidirá marcharse y regresar, haciendo para ambos momentos un discurso ante su padre. Sorprende la actitud del padre descrita con intensidad por una lista de verbos que desarman los discursos de su hijo, y que indican la tensión de su corazón entrañable: "cuando estaba lejos, su padre lo vio; y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo" (Lc 15,20). Es el proceso-relato de la misericordia. Y el error de aquel hijo menor, que le condujo a la fuga hacia los espejismos de una falsa felicidad y de una esclavizante independencia, será transformado por el padre en gozo y encuentro, en alegría inesperada e inmerecida. La última palabra dicha por ese padre, que es la que queda sobre todas las penúltimas dichas por el hijo, es el triunfo de la misericordia y la gracia.

Fariseos y letrados (el hijo mayor). Triste es la actitud de este otro hijo, aparentemente cumplidor, sin escándalos... pero resentido y vacío. No pecó como su hermano, pero no fue por amor al padre, sino a sí mismo, a su imagen, a su fama. Cuando la fidelidad no produce felicidad, es señal de que no se es fiel por amor sino por interés. El se había quedado con su padre, pero había puesto un precio a su gesto, que le impedía quedarse como hijo. Teniéndolo todo, se quejaba de la falta de un cabrito. Quien vive calculando, no puede entender, ni siquiera ver, lo que se le ofrece gratuitamente, en una cantidad y calidad infinitamente mayor de cuanto se puede esperar.

Acaso cada uno de nosotros seamos una variante de esta parábola, y tengamos parte de la actitud del hijo menor y parte de la del mayor. Lo importante es que en la andanza de nuestra vida podamos tener un encuentro con la misericordia. Hay muchas maneras de vivir lejos del Padre Dios, y muchos modos de des preciar su amor estando junto a Él, porque podemos ser un hijo perdido o un hijo huérfano. La trama de esta parábola es la de nuestra posibilidad de ser perdona dos. El sacramento de la Penitencia es siempre el abrazo de este Padre que viéndonos en todas nuestras lejanías, se nos acerca, nos abraza, nos besa y nos invita a su fiesta. Esta es la revolución de Dios, que de modo desproporcionado y gratuito, con su propia medida, no quiere resignarse a que se pierda uno solo de sus hijos queridos.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

El Cumpleaños de la Virgen María



NACIMIENTO DE LA VIRGEN MARÍA

Su virginidad en el eterno pensamiento del Padre.


Veo a Ana saliendo al huerto-jardín. Va apoyándose en el brazo de una pariente (se ve porque se parecen). Está muy gruesa y parece cansada ? quizás también porque hace bochorno, un bochorno muy parecido al que a mí me hace sentirme abatido.

A pesar de que el huerto sea umbroso, el ambiente es abrasador y agobiante.

Bajo un despiadado cielo, de un azul ligeramente enturbiado por el polvo suspendido en el espacio, el aire es tan denso, que podría cortarse como una masa blanda y caliente. La hierba del prado, que señala el final de la propiedad, está requemada; se ve rala. Sólo permanece la hierba más verde y tupida en los márgenes del prado, donde hay un seto de espino blanco silvestre, ya todo adornado de los rubíes de los pequeños frutos; en ese lugar, en busca de pastos y de sombra, hay unas ovejas con su pastorcito.

Joaquín, con otros dos hombres como ayuda, está dedicado a las hortalizas y a los olivos. A pesar de ser anciano, es rápido y trabaja con gusto. Están abriendo unas pequeñas protecciones de las lindes de una parcela para proporcionar agua a las sedientas plantas. Y el agua se abre camino borboteando entre la hierba y la tierra quemada, y se extiende en anillos que, en un primer momento, parecen como de cristal amarillento para luego ser anillos oscuros de tierra húmeda en torno a los sarmientos y a los olivos colmados de frutos.

Lentamente, Ana, por la umbría pérgola, bajo la cual abejas de oro zumban ávidas del azúcar de los dorados granos de las uvas, se dirige hacia Joaquín, el cual, cuando la ve, se apresura a ir a su encuentro.

«¿Has llegado hasta aquí?».

«La casa está caliente como un horno».

«Y te hace sufrir».

«Vamos a casa. Aquí tampoco se respira; además, creo que conviene volver...». dice Ana, que ahora se le ha puesto al improviso pálida la cara.

«¿Sientes dolor?».

«No. Siento la misma gran paz que experimenté en el Templo cuando se me otorgó la gracia, y que luego volví a sentir otra vez al saber que era madre. Es como un éxtasis. Es un dulce dormir del cuerpo, mientras el espíritu exulta y se aplaca con una paz sin parangón humano. Yo te he amado, Joaquín, y, cuando entré en tu casa y me dije: "Soy esposa de un justo", sentí paz, como todas las otras veces que tu próvido amor se prodigaba en mí. Pero esta paz es distinta.

Creo que es una paz como la que debió invadir, como una deleitosa unción de aceite, el espíritu de Jacob, nuestro padre, después de su sueño de ángeles. O semejante, más bien, a la gozosa paz de los Tobías tras habérseles manifestado Rafael. Si me sumerjo en ella, al saborearla, crece cada vez más. Es como si yo ascendiera por los espacios azules del cielo... y, no sé por qué, pero, desde que tengo en mí esta alegría pacífica, hay un cántico en mi corazón: el del anciano Tobit.

Me parece como si hubiera sido compuesto para esta hora... para esta alegría... para la tierra de Israel que es su destinataria... para Jerusalén, pecadora, mas ahora perdonada... bueno... no os riáis de los delirios de una madre... pero, cuando digo:

"Da gracias al Señor por tus bienes y bendice al Dios de los siglos para que vuelva a edificar en ti su Tabernáculo", yo pienso que aquel que reedificará en Jerusalén el Tabernáculo del Dios verdadero, será este que está para nacer.. y pienso también que, cuando el cántico dice: «Brillarás con una luz espléndida, todos los pueblos de la tierra se postrarán ante ti, las naciones irán a ti llevando dones, adorarán en ti al Señor y considerarán santa tu tierra, porque dentro de ti invocarán el Gran Nombre.

Serás feliz en tus hijos porque todos serán bendecidos y se reunirán ante el Señor. ¡Bienaventurados aquellos que te aman y se alegran de tu paz!? cuando dice esto, pienso que es profecía no ya de la Ciudad Santa, sino del destino de mi criatura, y la primera que se alegra de su paz soy yo, su madre feliz...».

El rostro de Ana, al decir estas palabras, palidece y se enciende, como una cosa que pasase de luz lunar a vivo fuego, y viceversa. Dulces lágrimas le descienden por las mejillas, y no se da cuenta, y sonríe a causa de su alegría. Y va yendo hacia casa entre su esposo y su pariente, que escuchan conmovidos en silencio.

Se apresuran, porque las nubes, impulsadas por un viento alto, galopan y aumentan en el cielo mientras la llanura se oscurece y tirita por efectos de la tormenta que se está acercando. Llegando al umbral de la puerta, un primer relámpago lívido surca el cielo. El ruido del primer trueno se asemeja al redoble de un enorme bombo ritmado con el arpegio de las primeras gotas sobre las abrasadas hojas.

Entran todos. Ana se retira. Joaquín se queda en la puerta con unos peones que le han alcanzado, hablando de esta agua tan esperada, bendición para la sedienta tierra. Pero la alegría se transforma en temor, porque viene una tormenta violentísima con rayos y nubes cargadas de granizo. «Si rompe la nube, la uva y las aceitunas quedarán trituradas como por rueda de molino. ¡Pobres de nosotros!».

Joaquín tiene además otro motivo de angustia: su esposa, a la que le ha llegado la hora de dar a luz al hijo. La pariente le dice que Ana no sufre en absoluto. Él está, de todas formas, muy inquieto, y, cada vez que la pariente u otras mujeres (entre las cuales la madre de Alfeo) salen de la habitación de Ana para luego volver con agua caliente, barreños y paños secados a la lumbre, que, jovial, brilla en el hogar central en una espaciosa cocina, él va y pregunta, y no le calman las explicaciones tranquilizadoras de las mujeres. También le preocupa la ausencia de gritos por parte de Ana. Dice: «Yo soy hombre. Nunca he visto dar a luz. Pero recuerdo haber oído decir que la ausencia de dolores es fatal...».

Declina el día antes de tiempo por la furia de la tormenta, que es violentísima. Agua torrencial, viento, rayos... de todo, menos el granizo, que ha ido a caer a otro lugar.

Uno de los peones, sintiendo esta violencia, dice: «Parece como si Satanás hubiera salido de la Gehena con sus demonios. ¡Mira qué nubes tan negras! ¡Mira qué exhalación de azufre hay en el ambiente, y silbidos y voces de lamento y maldición! Si es él, ¡está enfurecido esta noche!».

El otro peón se echa a reír y dice: «Se le habrá escapado una importante presa, o quizás Miguel de nuevo le habrá lanzado el rayo de Dios, y tendrá cuernos y cola cortados y quemados».

Pasa corriendo una mujer y grita: «Joaquín! ¡Va a nacer de un momento a otro! ¡Todo ha ido rápido y bien!». Y desaparece con una pequeña ánfora en las manos.

Se produce un último rayo; tan violento, que lanza contra las paredes a los tres hombres. En la parte delantera de la casa, en el suelo del huerto, queda como recuerdo un agujero negro y humeante.

Luego, de repente, cesa la tormenta. De detrás de la puerta de Ana viene un vagido (parece el lamento de una tortolita en su primer arrullo). Mientras, un enorme arco iris extiende su faja semicircular por toda la amplitud del cielo. Surge, o por lo menos lo parece, de la cima del Hermón (la cual, besada por un filo de sol, parece de alabastro de un blanco-rosa delicadísimo), se eleva hasta el más terso cielo septembrino y, salvando espacios limpios de toda impureza, deja bajo las colinas de Galilea y un terreno llano que aparece entre dos higueras, que está al Sur, y luego otro monte, y parece posar su punta extrema en el extremo o horizonte, donde una abrupta cadena de montañas detiene la vista.

«¡Qué cosa más insólita!».

«¡Mirad, mirad!».

«Parece como si reuniera en un círculo a toda la tierra de Israel, y.. ya...

¡fijaos!, ya hay una estrella y el Sol no se ha puesto todavía. ¡Qué estrella!

¡Reluce como un enorme diamante!...».

«¡Y la Luna, allí, ya llena y aún faltaban tres días para que lo fuera! ¡Fijaos cómo resplandece!»

Las mujeres irrumpen, alborozadas, con un "ovillejo" rosado entre cándidos paños.

¡Es María, la Mamá! Una María pequeñita, que podría dormir en el círculo de los brazos de un niño; una María que al máximo tiene la longitud de un brazo, una cabecita de marfil teñido de rosa tenue, y unos labiecillos de carmín que ya no lloran, y una naricita diminuta entre dos carrillitos redondetes. Si la estimulan abre los ojitos: dos pedacitos de cielo, dos puntitos inocentes y azules que miran, y no ven, entre sutiles pestañas de un rubio tan tenue que es casi rosa. También el vello de su cabeza redondita tiene una veladura entre rosada y rubia como ciertas mieles casi blancas.

Tiene por orejas dos conchitas rosadas y transparentes, perfectas; y por manitas... ¿qué son esas dos cositas que gesticulan y buscan la boca? Cerradas, como están, son dos capullos de rosa de musgo que hubieran hendido el verde de los sépalos y asomaran su seda rosa tenue; abiertas, como están ahora, dos joyeles de marfil apenas rosa, de alabastro apenas rosa, con cinco pálidos granates por uñitas. ¿Cómo podrán ser capaces de secar tanto llanto esas manitas?

¿Y los piececitos? ¿Dónde están? Por ahora son sólo pataditas escondidas entre los lienzos. Pero, he aquí que la pariente se sienta y la destapa... ¡Oh, los piécecitos! De la largura aproximada de cuatro centímetros, tienen por planta una concha coralina; por dorso, una concha de nieve veteada de azul; sus deditos son obras maestras de escultura liliputiense, coronados también por pequeñas esquirlas de granate pálido. Me pregunto cómo podrán encontrarse sandalias tan pequeñas que valgan para esos piececitos de muñeca cuando den sus primeros pasos, y cómo podrán esos piececitos recorrer tan áspero camino y soportar tanto dolor bajo una cruz.

Pero esto ahora no se sabe. Se ríe o se sonríe de cómo menea los brazos y las piernas, de sus lindas piernecitas bien perfiladas, de los diminutos muslos, que, de tan gorditos como son, forman hoyuelos y aritos, de su barriguita (un cuenco invertido), de su pequeño tórax, perfecto, bajo cuya seda cándida se ve el movimiento de la respiración y se oye ciertamente - si, como hace el padre feliz ahora, en él se apoya la boca para dar un beso - latir un corazoncito... Un corazoncito que es el más bello que ha tenido, tiene y tendrá la tierra, el único corazón inmaculado de hombre.

Tapad, tapad a este Capullo de azucena que nunca se abrirá en la tierra, y que dará, más hermosa aún que Ella, su Flor, sin dejar de ser capullo. Sólo en el Cielo la Azucena del Trino Señor abrirá todos sus pétalos. Porque allí arriba no existe vestigio de culpa que pudiera involuntariamente profanar ese candor. Porque allí arriba se trata de acoger, a la vista de todo el Empíreo, al Trino Dios - Padre, Hijo, Esposo ? que ahora, dentro de pocos años, celado en un corazón sin mancha, vendrá a Ella.

De nuevo está envuelta en los lienzos y en los brazos de su padre terreno, al que asemeja. No ahora, que es un bosquejo de ser humano. Digo que le asemeja una vez hecha mujer. De la madre no refleja nada; del padre, el color de la piel y de los ojos, y, sin duda, también del pelo, que, si ahora son blancos, de joven eran ciertamente rubios a juzgar por las cejas. Del padre son las facciones ? más perfectas y delicadas en Ella por ser mujer, ¡y qué Mujer! -; también del padre es la sonrisa y la mirada y el modo de moverse y la estatura.

Pensando en Jesús como lo veo, considero que ha sido Ana la que ha dado su estatura a su Nieto, así como el color marfil más cargado de la piel; mientras que María no tiene esa presencia de Ana (que es como una palma alta y flexible), sino la finura del padre. También las mujeres, mientras entran con Joaquín donde la madre feliz para devolverle a su hijita, hablan de la tormenta y del prodigio de la Luna, de la estrella, del enorme arco iris.

Ana sonríe ante un pensamiento propio: «Es la estrella» dice. «Su signo está en el cielo. ¡María, arco de paz! ¡María, estrella mía! ¡María, Luna pura! ¡María, perla nuestra!».

«María la llamas?».

«Sí. María, estrella y perla y luz y paz...».

«Pero también quiere decir amargura... ¿No temes acarrearle alguna desventura?».

«Dios está con Ella. Es suya desde antes de que existiera. Él la conducirá por sus vías y toda amargura se transformará en paradisíaca miel. Ahora sé de tu mamá... todavía un poco, antes de ser toda de Dios...».

Y la visión termina en el primer sueño de Ana madre y de María recién nacida.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Todos los sueños de un sueño





Por Rafael Ballester


En la ciudad de Uspayata la vi, yo no la conocía pero había soñado con ella. Cuando nuestros ojos conectaron supe que ella también había soñado conmigo y mi estómago se lleno de mariposas. Caminamos por las calles cubiertas de arboledas en una tarde tórrida. Tomados de la mano llegamos a su casa, lugar en el que jamas había estado pero que había soñado con el, y me pareció todo muy familiar, incluso el perro se llamaba Poncio, tal como yo lo había soñado.

Adentro estaba fresco, nos mirábamos con frecuencia y las sonrisas surgían a cada momento. Nos abrazamos, nos besamos y nuestros corazones latieron juntos, como si marcharan en algún desfile. Esto lo recuerdo con claridad pues ya lo habíamos soñado. Luego nos sentamos en silencio, a beber agua de coco verde, sin saber qué hacer pues en aquel momento ambos habíamos despertado.