sábado, 4 de septiembre de 2010

Día 5/9/2010. XXIII Domingo del Tiempo Ordinario




Evangelio: Lc 14, 25-33 Iba con él mucha gente, y se volvió hacia ellos y les dijo:
—Si alguno viene a mí y no odia a su padre y a su madre y a su mujer y a sus hijos y a sus hermanos y a sus hermanas, hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo.
»Porque, ¿quién de vosotros, al querer edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos a ver si tiene para acabarla? No sea que, después de poner los cimientos y no poder acabar, todos los que lo vean empiecen a burlarse de él, y digan: «Este hombre comenzó a edificar y no pudo terminar». ¿O qué rey, que sale a luchar contra otro rey, no se sienta antes a deliberar si puede enfrentarse con diez mil hombres al que viene contra él con veinte mil? Y si no, cuando todavía está lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes no puede ser mi discípulo.



Sentido común sobrenatural




De sobra sabemos los cristianos que es para nosotros Dios el sentido de nuestra vida: la razón de ser de nuestra existencia y de cuanto nos rodea. Pensamos, por tanto, que el comportamiento humano no es igualmente válido cualquiera que sea, con tal de que proceda de la libre iniciativa personal y esté de acuerdo con las leyes. Los hijos de Dios, en coherencia con la fe, estamos persuadidos de que los criterios divinos, que nos ha revelado Jesucristo –hijo de Dios hecho hombre para nuestra salvación– han de constituir la trama de nuestra vida libre.

Las palabras de Nuestro Señor que consideramos en este domingo, parecen un punto de partida necesario para una vida en Cristo. Cualquier interés, en efecto, cualquier ilusión, afecto, negocio, preocupación..., debe ser despreciada –odiada, dice Jesús–, si representara un obstáculo para lo único que es imprescindible: el amor a Dios. Un amor, que como queda muy claro, por el conjunto de las páginas evangélicas, sólo se puede lograr siguiendo los pasos de Cristo. El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo, concluye el Señor. El seguimiento de Cristo –necesario para alcanzar nuestro destino en Dios, gozo y plenitud de la vida del hombre– nos conduce a través de un camino arduo. En cierta medida –en buena medida podríamos decir siendo realistas– nuestra existencia, cuanto más cristiana es, es más un continuo ir con la cruz del cansancio, de la incomprensión, del servicio inadvertido y no agradecido, de la indiferencia y hasta el desprecio de muchos, del dolor físico...

En realidad, como afirmaba de diversos modos san Pablo, debemos ser otros cristos con nuestra vida. La participación, por la Gracia de Dios, de su naturaleza divina en la nuestra, acaba configurándonos con Él de modo visible. Según decía san Josemaría: cada cristiano debe hacer presente a Cristo entre los hombres; debe obrar de tal manera que quienes le traten perciban el bonus odor Christi, el buen olor de Cristo; debe actuar de modo que, a través de las acciones del discípulo, pueda descubrirse el rostro del Maestro. Un rostro amable, optimista y alegre de Jesús, que santifica los ambientes de los cristianos, de modo especial cuando vamos con nuestra cruz, siguiendo su consejo.

El consejo de Nuestro Señor, que nos transmite a continuación san Lucas, es una razonable llamada a la coherencia. El Reino de los Cielos, como es evidente, no nos está accesible de modo inmediato, en nuestra condición de criaturas terrenas y, sin embargo, únicamente en la posesión de ese Reino consiste la plenitud de nuestra existencia. ¿Estamos poniendo los medios adecuados para lograrlo, proporcionados al objetivo sobrenatural que pretendemos? Los ejemplos de Jesús, del constructor y del rey que se prepara para guerrear, nos resultan luminosos. Posiblemente debamos traerlos con frecuencia a la memoria, porque podríamos dar por supuesto, con excesiva facilidad, que hacemos ya lo necesario para culminar con éxito la obra de nuestra santificación.

La prudencia que nos recomienda el Señor, nuevamente nos remite a la cruz. Es acerca de nuestra cruz de cada día, de cada hora, sobre lo que debemos vigilar prudentemente; calcular, por si estuviéramos descuidando llevarla como Jesús nos ha enseñado. Nos interesa, pues, preguntarnos, en la sinceridad de nuestra oración, por la exigencia cara a Dios en los diversos quehaceres que llenan nuestra jornada. Y es asimismo necesario mantener un trato con los demás impregnado de caridad, para seguir realmente con nuestra cruz en pos del Señor. No es siempre fácil, porque la cruz puede ser bastantes veces esa ocasión que se nos presenta –sin buscarla– de callar ante la acusación injusta; de soportar por caridad la compañía molesta, de vencer la pereza o el orgullo; o de no exigir algo a lo que tenemos derecho, pero de lo que podemos prescindir evitando a otro la molestia...

¡Que nunca pensemos que será demasiado –excesivo– el peso de nuestra cruz siguiendo la Cristo! En realidad, movidos por la fe y el amor, y con ojos esperanzados, notamos que es la misma de Jesús esa cruz nuestra, y que, como afirma san Josemaría, Él mismo la sigue llevando por nosotros a poco que lo intentamos:

Mira con qué amor se abraza a la Cruz. —Aprende de Él. —Jesús lleva Cruz por ti: tú, llévala por Jesús.
Pero no lleves la Cruz arrastrando... Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será... la Santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será... una Cruz, sin Cruz.
Y de seguro, como Él, encontrarás a María en el camino.

"Por qué me atacan". Autobiografía del pontificado de Benedicto XVI


Desde el momento que fue elevado al papado, Joseph Ratzinger es blanco de agresiones in crescendo, en el interior de la Iglesia y fuera de ella. ¿Hay una "mano invisible" que las mueve? Aquí presentamos cómo lo juzga y explica el Papa

por Sandro Magister




ROMA, 3 de setiembre de 2010 – Han salido a la venta este verano, en Estados Unidos y en Italia, dos libros que reconstruyen y analizan los ataques lanzados desde muchas partes contra Benedicto XVI desde el comienzo de su pontificado, con un crescendo que ha alcanzado la cima este año.

El libro de Gregory Erlandson y Matthew Bunson, editores de periódicos católicos muy difundidos en Estados Unidos, se concentran sobre el escándalo de los abusos sexuales del clero.

Por su parte, el libro de los vaticanistas italianos Paolo Rodari y Andrea Tornielli extiende el análisis a una decena de ataques contra otros tantos actos y discursos de Benedicto XVI: desde la conferencia de Ratisbona a la liberalización de la Misa en el rito antiguo, desde la revocación de la excomunión a los obispos lefebvristas hasta la condena del preservativo anti-SIDA, desde el recibimiento de los anglicanos en la Iglesia Católica hasta el escándalo de la pedofilia.

De cada uno de estos episodios, Rodari y Tornielli proporcionan una reconstrucción muy cuidada, con tramas también inéditas.

Su conclusión es que están en curso tres ataques distintos contra Benedicto XVI, a cargo de tres enemigos distintos.

El primero y principal es el enemigo externo. Son las corrientes de opinión y los centros de poder hostiles a la Iglesia y a este Papa.

El segundo enemigo son esos católicos – entre los cuales hay no pocos sacerdotes y obispos – que ven a Benedicto XVI como un obstáculo a su proyecto de reforma "modernista" de la Iglesia.

Por último, el tercer enemigo son esos funcionarios de la curia vaticana que en lugar de ayudar al Papa le hacen daño, por incapacidad, por ignorancia o también por oponerse a él.

No quiere decir esto que estas tres fuentes respondan a un único director. Pero esto no impide buscar si hay en ellas una razón unificante que explique ataques tan ásperos y continuos, todos concentrados sobre el Papa actual. Es lo que hacen Rodari y Tornielli en el último capítulo de su libro, recogiendo las opiniones de varios analistas y comentaristas.

Pero no menos importante es saber de qué manera el mismo Benedicto XVI interpreta los ataques lanzados contra él.

*

En la homilía de la Misa de clausura del Año Sacerdotal, el pasado 11 de junio, también Benedicto XVI se refirió a un "enemigo". Lo hizo de esta manera:

"Era de esperar que al 'enemigo' no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario".

Y el Papa se ha expresado de este modo al comienzo de su viaje a Fátima, el pasado 11 de abril:

"Los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen de fuera. [...] La mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación".

Ya desde aquí se intuye que para Benedicto XVI también el horrible año 2010 ha de vivirse como un año de gracia, en paralelo a los años anteriores, también ellos recubiertos por ataques a la Iglesia y al Papa.

Para él todo se soporta. La tribulación producida por el pecado es la condición de la humanidad necesitada de salvación, una salvación que sólo viene de Dios y es ofrecida en la Iglesia con los sacramentos administrados por los sacerdotes.

Por eso – nos hace entender el Papa – el rechazo de Dios coincide muchísimas veces con un ataque al sacerdocio y a lo que lo marca públicamente: el celibato.

El pasado 10 de junio, en la vigilia de clausura del Año Sacerdotal, Benedicto XVI ha dicho que el celibato es un anticipo "del mundo de la resurrección". Es el signo "que Dios existe, que Dios entra en mi vida, que puedo fundar mi vida en Cristo, en la vida futura".

Por eso – ha dicho también – el celibato "es un gran escándalo". No sólo para el mundo de hoy "en el que Dios no entra", sino para la misma cristiandad, en la que "no se piensa más en el futuro de Dios y parece suficiente sólo el presente de este mundo".

Que "hacer presente a Dios en este mundo" es la prioridad de su misión lo ha dicho el papa Joseph Ratzinger muchas veces, en particular en la memorable carta dirigida por él a los obispos de todo el mundo, el 10 de marzo de 2009.

Pero vincular la cuestión de Dios a la cuestión del sacerdocio y del celibato sacerdotal no es tan evidente. Pero a pesar de todo es justamente lo que hace constantemente Benedicto XVI.

Por ejemplo, a fines del año 2006, al trazar un balance de su viaje a Alemania que había impactado por la conferencia de Ratisbona, luego de haber subrayado que "el gran problema de Occidente es el olvido de Dios", continuó diciendo que "ésta es la tarea central del sacerdote: llevar a Dios a los hombres". Pero el sacerdote "puede hacerlo solamente si él mismo viene de Dios, si vive con y de Dios". El celibato es signo de esta entrega plena:

"Nuestro mundo, que se ha vuelto totalmente positivista, en el cual Dios sólo encuentra lugar como hipótesis, pero no como realidad concreta, necesita apoyarse en Dios del modo más concreto y radical posible. Necesita el testimonio que da de Dios quien decide acogerlo como tierra en la que se funda su propia vida".

No sorprende entonces que, ante la inminencia de su elevación al papado, Ratzinger haya invocado una reforma de la Iglesia que comience con la purificación que elimina la "suciedad", en primer lugar de los ministros de Dios.

No sorprende que haya inventado y convocado un Año Sacerdotal con el objetivo de conducir al clero a una vida santa.

No sorprende que la liturgia sea tan central en este pontificado. El sacerdote vive para la liturgia. Es al sacerdote que Dios "le ha encargado preparar la mesa de Dios para los hombres, darles su cuerpo y su sangre, ofrecerles el don precioso de su misma presencia".

La liberalización de la Misa en el rito antiguo, la revocación de la excomunión a los obispos lefebvristas, el recibimiento dado a las comunidades anglicanas más vinculadas a la Tradición son partes de este mismo designio. Y todas son puntualmente objeto de ataque.

Hay una misteriosa lucidez en la visión que unifica los ataques al actual pontificado, como si obrase en ellos una "mano invisible", escondida hasta para sus mismos actores. Una mano, una mente que intuye el designio de fondo de Benedicto XVI y, en consecuencia, hace de todo para confrontarlo.

En el Evangelio según san Marcos hay un "secreto mesiánico" que acompaña la vida de Jesús y que permanece oculto para sus mismos discípulos, pero no para el "enemigo". El diablo es el que reconoce inmediatamente en Jesús al Mesías salvador. Y le grita.

La paradoja de los ataques actuales a la Iglesia es que, precisamente mientras la quieren reducir a la impotencia y al silencio, esos ataques develan su esencia, como lugar del Dios que perdona.

"Doctor seráfico" es el título aplicado a san Buenaventura de Bagnoregio, uno de los primeros sucesores de san Francisco en la cima de la Orden fundada por él. Podría ser aplicado también a Benedicto XVI, por la forma en que guía a la Iglesia en medio de la tempestad.

En la catequesis dedicada por él el pasado 10 de marzo a este santo – muy estudiado por él ya cuando era un joven teólogo –, el papa Ratzinger expresó su pensamiento también sobre los "enemigos" internos en la Iglesia.

A los que, descontentos, pretenden una palingénesis radical de la Iglesia, un nuevo cristianismo espiritual configurado por un desnudo Evangelio sin más jerarquías, ni preceptos ni dogmas, Benedicto les ha dicho que es corto el paso del espiritualismo a la anarquía. La Iglesia "es siempre Iglesia de pecadores y es siempre lugar de gracia". Progresa y evoluciona, pero siempre en continuidad con la Tradición.

A los que para reformar la Iglesia apuntalan todo sobre nuevas estructuras de mando y nuevos comandantes, les ha dicho que "gobernar no es simplemente hacer, sino sobre todo pensar y rezar", es decir, "guiando e iluminando las almas, orientándolas hacia Cristo".

Los ataques que se concentran sobre el papa Benedicto son para él la prueba de cuan alta es la apuesta que él lanza a los hombres de hoy, a todos ellos, también a los incrédulos: "vivir como si Dios existiese".

lunes, 30 de agosto de 2010

Próxima edición de diccionario Oxford saldrá sólo en internet


La obra de referencia de la lengua inglesa no se volverá a publicar en papel debido a un descenso en las ventas

ABC / LONDRES
Día 30/08/2010 - 17.37h
1 comentarios
El argumento principal es la caída frenética de las ventas del diccionario en papel. Mientras que la edición online -de pago- cuenta con dos millones de suscriptores, que desembolsan al año 240 libras (unos 290 euros), de la edición impresa de 1989 (la más reciente que se encuentra en el mercado) sólo se han vendido unos 30.000 ejemplares en estas dos décadas. Los 20 volúmenes del Oxford cuestan unas 750 libras (900 euros).
«El mercado del diccionario impreso está simplemente desapareciendo», aseguró al Sunday Times el director ejecutivo de Oxford University Press, Nigel Portwood, quien aseguró que «no cree» que la tercera edición del diccionario, prevista para dentro de 10 años, salga en papel.

¿Y en España?

A diferencia del inglés, la próxima edición del diccionario de la Real Academia Española (RAE), prevista para 2013, coincidiendo con el tercer centenario de la institución, sí saldrá en papel. Según aseguraron a ABC fuentes de la RAE, la Academia tiene previsto que continúe la coexistencia entre la edición online, que es gratuita, y que acaba de actualizarse recientemente, y la edición en papel. No se contempla, pues, «ni a corto ni a largo plazo» que desaparezca el diccionario impreso, como en el caso inglés.

sábado, 28 de agosto de 2010

Lectio divina (lectura orante de la Biblia) Domingo 22º t.O. Ciclo C (29/08/2010)

Autor: P. Martín Irure | Fuente: Catholic.net



1. INVOCA


# Vas a entrar en diálogo con el Señor, que te va a dirigir su Palabra y su mensaje.
# Prepárate para este encuentro de gracia para ti. Deja a un lado lo que te preocupa y lo que planeas hacer más tarde. Éste es el tiempo más importante. No lo malgastes.
# Orar es: experimentar que eres amado por el Padre con un amor personal, creador, salvador.
# Orar es: experimentar ese amor que se deja sentir en tu vida y te lleva a vivir en el amor y servir en el amor a los hermanos.
# Orar es: experimentar que has sido rescatado por la gracia de su amor de las aguas turbulentas y te ha liberado.
# Invoca al Espíritu, que está dispuesto a inspirar el sentido de la Palabra. Canta y reza suavemente: Veni, Sancte Spiritus

. Ven, Espíritu Santo,
te abro la puerta,
entra en la celda pequeña
de mi propio corazón,
llena de luz y de fuego mis entrañas,
como un rayo láser opérame
de cataratas,
quema la escoria de mis ojos
que no me deja ver tu luz.

Ven. Jesús prometió
que no nos dejaría huérfanos.
No me dejes solo en esta aventura,
por este sendero.
Quiero que tú seas mi guía y mi aliento,
mi fuego y mi viento, mi fuerza y mi luz.
Te necesito en mi noche
como una gran tea luminosa y ardiente
que me ayude a escudriñar las Escrituras.

Tú que eres viento,
sopla el rescoldo y enciende el fuego.
Que arda la lumbre sin llamas ni calor.
Tengo la vida acostumbrada y aburrida.
Tengo las respuestas rutinarias,
mecánicas, aprendidas.
Tú que eres viento,
enciende la llama que engendra la luz.
Tú que eres viento, empuja mi barquilla
en esta aventura apasionante
de leer tu Palabra,
de encontrar a Dios en la Palabra,
de encontrarme a mí mismo
en la lectura.

Oxigena mi sangre
al ritmo de la Palabra
para que no me muera de aburrimiento.
Sopla fuerte, limpia el polvo,
llévate lejos todas las hojas secas
y todas las flores marchitas
de mi propio corazón.

Ven, Espíritu Santo,
acompáñame en esta aventura
y que se renueve la cara de mi vida
ante el espejo de tu Palabra.
Agua, fuego, viento, luz.
Ven, Espíritu Santo. Amén. (A. Somoza)


2. LEE LA PALABRA DE DIOS (Que dice la Palabra de Dios)

Lectura del santo evangelio según san Lucas 14, 1. 7-14

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola:

- «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá:

"Cédele el puesto a éste."

Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga:

"Amigo, sube más arriba."

Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.

Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. »

Y dijo al que lo habla invitado:

- «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado.

Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.»

Palabra del Señor
1. No te acomodes en el primer lugar (v. 8)

# Jesús presenta otro modo de portarse en la vida normal. La sociedad apetece los primeros puestos. Jesús indica el último lugar. La sociedad nos invita a: tener (dinero), poder y al afán de los honores. Son las eternas tentaciones que el mismo Jesús experimentó después del ayuno de cuarenta días y a lo largo de su vida apostólica.
# Esta parábola y enseñanza de Jesús nos advierte sobre el peligro de ese modo de ver las cosas, de quien busca los primeros puestos en los banquetes y en otros lugares para recibir el honor y el aplauso del público.
# El discípulo de Jesús debe rechazar esta tentación. No debe caer la Iglesia, la comunidad cristiana, en esta tentación: rendir honores al estilo humano. La asamblea litúrgica, que se reúne para el banquete de la Eucaristía, no debe hacer distinciones, sino privilegiar la presencia y participación de toda la comunidad. Tiene que ser expresión viva de la fraternidad, a la cual sirve el mismo Jesús, con su Palabra y con su Eucaristía.
# El mismo Jesús se puso a lavar los pies de sus discípulos (oficio de esclavos en ese tiempo). Y les enseñó: Ustedes deben hacer lo mismo que yo he hecho con ustedes (Jn 13, 15).

2. Recibirás tu recompensa cuando los justos resuciten (v. 14)

# Otra enseñanza propia de Jesús: invitar a comer a aquellos que no pueden agradecerte con el mismo gesto. Es el valor evangélico de servicio y atención a los pobres de la sociedad, sin esperar ni buscar el “pago” por el favor ejercido.
# Jesús nos invita a proceder como lo hace el mismo Dios. El Dios de Jesús es un Dios gratuito, que todo lo regala generosamente.
# El discípulo debe aprender este estilo de vida. Y ser imitador del Padre y de Jesús, en un gesto de gratuidad y de solidaridad. Este estilo de comportamiento está por encima de lo que la sociedad acostumbra: dar y esperar recompensa, no dar nada gratuitamente y menos a aquel de quien nada se puede esperar.
# Jesús no critica la invitación a los amigos. Pues Él también se dejaba invitar por ellos. Recuérdese cómo se hospedaba en Betania con los hermanos Lázaro, Marta y María. Pero también presenta un ideal más elevado.
# Hoy nos resulta difícil vivir y relacionarnos de forma desinteresada. El mundo capitalista en el que nos toca vivir todo lo mide por lo que cada uno hace y produce. Todo se contabiliza por el dinero que rinde o gana. Todo se consigue a fuerza de dinero. Y el que no lo tiene no es atendido en sus necesidades básicas.
# El Evangelio nos pone la mirada y el corazón en otro ideal: dar gratuitamente sin esperanza de ser recompensados. Es posible hacer estos gestos, ya que, según la enseñanza de Jesús, el que pierde gana. Porque lo que es y lo que tiene cada discípulo es un don recibido gratuitamente de las manos generosas del Padre.

3. El que se engrandece será humillado y el que se humilla será engrandecido (v. 11)

# El Evangelio nos hace mirar la realidad con otros ojos y otro corazón. Frente al tener nos pone el ser. Frente a los privilegios nos pone el servicio. Frente a los honores nos enseña a escoger los últimos puestos. ¿Para qué? Para parecernos al mismo Padre y a Jesús. Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para enriquecerlos con su pobreza (2 Cor 8, 9).
# Lucas pone en boca de la Virgen María el cántico del Magnificat. Es el reconocimiento y la alabanza de María a la historia de la salvación que Dios ha desplegado a favor de su pueblo. Y María alaba al Señor porque:
- ha mirado la humildad (pequeñez) de su sierva;
+ dispersa a los soberbios de corazón;
+ derriba del trono a los potentados y
+ enaltece a los humildes,
+ a los hambrientos los colma de bienes y
+ a los ricos los despide vacíos (Lc 1, 48, 51-53).
# Lucas ensalza por la voz de María, a los pobres y desprotegidos, a los humillados y olvidados por los hombres. Es el proyecto del Amor de Dios que se hace historia plena de salvación en su Hijo Jesús.


3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios)

# Adoramos con admiración y agradecimiento el plan de Dios sobre los hombres. Todo lo va proyectando con sabiduría y amor. Por eso, como María, tengo que reconocer lo que el Señor me concede gratuitamente y vivirlo con esmero y entrega.
# Toda mi vida es un regalo generoso del Padre, que me lo ha traído Jesús el Hijo. Con Él quiero aprender su estilo y su servicio generoso.
# Una vez más pongo mi mirada en Jesús, que me dice: Aprendan de mí, que soy sencillo y humilde de corazón y encontrará descanso para sus vidas (Mt 11, 29).


4. ORA (Qué le respondo a la Palabra de Dios)

# Padre de los humildes. Haz que yo entiende que la humildad es la verdad, Que, siendo humilde, me parezco a tu Hijo Jesús y me acerco más a mis hermanos.
# Jesús, Tú nos enseñaste en palabras y gestos a ser humildes y a convivir con los sencillos. Que yo aprenda tu estilo de vida. Que no caiga en la vanagloria ni en el desprecio a los pobres y desprotegidos. Que aprenda que en tu Reino “servir es amar”.


5. CONTEMPLA

# Al Padre que nos colma de sus dones para que seamos verdaderos hijos suyos.
# A Jesús, que se acerca y sirve a los marginados y desvalidos.
# A mí mismo, que deseo estar y atender a los pobres. Pero, que tengo que ir matando mis gustos por la grandeza y el aplauso.


6. ACTÚA

# Trataré de convencerme que “servir es reinar” y que “el cristiano que no sirve no sirve para nada”.
# Repetiré con María: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación (pequeñez) de su esclava.

sábado, 21 de agosto de 2010

Un mundo salvado por la belleza






EDMONTON, sábado, 21 de agosto de 2010 (ZENIT.org) - Publicamos la intervención que pronunció el caballero supremo Carl Anderson (en la foto a la izquierda) de los Caballeros de Colón al participar como testigo en un encuentro, el 27 de mayo, en la basílica de San José de Edmonton por invitación del arzobispo de esa ciudad canadiense, monseñor Richard Smith sobre el tema "Nada más hermoso: Reencuentro con la belleza de Cristo".




El cuarto muro
Cuando el Arzobispo Smith me mencionó el tema de la serie, "Nada más hermoso: Reencuentro con la belleza de Cristo", no pude evitar pensar en "la belleza salvará al mundo", célebre frase del gran escritor ruso Fiodor Dostoevski.

Y cuando estaba preparando estos comentarios, recordé algo que me dijo el cardenal Joseph Ratzinger poco antes de convertirse en Papa Benedicto XVI. Dijo: "Sentirse impresionado y abrumado por la belleza de Cristo es un conocimiento más real, más profundo que el mero conocimiento racional. ...Debemos redescubrir esta forma de conocimiento, es una necesidad urgente de nuestro tiempo".

En el teatro, los actores a veces se refieren a "romper el cuarto muro". El cuarto muro es el muro invisible entre los actores y la audiencia. Los actores representan la obra mientras la audiencia observa el drama desde su asiento en el teatro. La interacción entre los actores y la audiencia es limitada.

Pero a veces el actor puede dirigirse directamente a la audiencia y a esto se le llama "romper el cuarto muro". Shakespeare usó a menudo este recurso dramático cuando deseaba que un personaje se explicara mejor a sí mismo y explicara sus actos a la audiencia. Cuando esto sucede, la interacción entre el actor y la audiencia alcanza un nivel nuevo y más personal.

En el evento de la Encarnación, diríamos que Dios "rompió el cuarto muro". Al venir a la Tierra encarnado, como un hombre, Cristo entró al mundo, se explicó a sí mismo para nosotros, y con ello hizo posible un nivel nuevo y más personal en el drama de la historia humana, en el drama de la historia de la salvación.

Cristo nos dio la motivación: fue enviado por el Padre para nuestra salvación como la revelación del amor del Padre. En términos del drama divino, no hay momento más grandioso que éste.

En la historia humana y en la vida de todo creyente, tienen lugar momentos similares. Dios rompe el cuarto muro y se nos muestra la belleza de Cristo a un nivel nuevo y más personal.

Esta es una de las bellas afirmaciones del Cristianismo: que Cristo llegó para que pudiéramos emprender una relación nueva y personal con Él.

Cuando pensamos en encontrar a Cristo y en encontrar nuevamente la belleza de Cristo, no necesitamos mirar muy lejos. Esto me quedó muy claro hace unos años, cuando encontré la belleza de Cristo dos veces en un lapso de pocos minutos y de formas muy diferentes.


Primero, lo encontré en la forma de una joven discapacitada físicamente en la Ciudad de México. Yo estaba ayudando a distribuir sillas de ruedas a quienes no podían comprarlas, una de las muchas actividades caritativas de Caballeros de Colón. En esa zona eran tremendas las necesidades de esta gente, combinaciones de daños debilitadores y deformidades de por vida que hacían difícil tan sólo vivir y moverse, y para muchos, incluso imposible. Ese día, una de las beneficiarias de una silla de ruedas era una chica joven. No podía caminar pero poseía un inmensa sonrisa, una grandiosa sonrisa con amor a la vida que iluminaba a toda la gente a su alrededor. Era lo que mucha gente podría llamar "la más pequeña de ellos", pero Cristo se mostró a través de ella.

Unos minutos después, ingresé a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe y nuevamente encontré a Cristo: esta vez en el tabernáculo.

Cristo - La Revelación de la Trinidad


Ver la presencia de Cristo de formas tan diferentes - en el rostro de una niña y en la apariencia del pan y del vino - nos conduce a una pregunta: ¿Quién es Cristo?

Lo primero que Marcos el Evangelista nos cuenta acerca de Cristo, es cómo Juan el Bautista preparó al pueblo para recibirlo a través del bautismo. Cuando Juan bautiza a Cristo, se escucha una voz del cielo: "Este es mi amado Hijo, de quien estoy satisfecho". Es la primera vez, en el Evangelio de Marcos en que se proclama a Cristo, y lo proclama el amor del Padre.

Así, una de las primeras cosas que sabemos de Cristo es que es amado por un padre, que proviene de su padre y que su padre se regocija de Él. Que también está ahí el Espíritu Santo, la culminación de la unión del amor.

En este momento, Cristo revela la vida de la Trinidad: Amor, unidad, dicha. Pero en este momento, no solo se revela Cristo.

Aprenderemos que la verdad fundamental de la persona humana también se revela en este momento. Por eso en Gaudium et Spes leemos que:

"En realidad, el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado...Cristo... en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre. ...Él es la ‘Imagen del Dios invisible' (Col 1, 15), el hombre perfecto".

Cristo nos revela que fuimos hechos de amor, estamos hechos para el amor y que nuestra vida es incomprensible si intentamos vivirla sin amor.

La clave es estar abiertos a cómo se nos revela Cristo, y así se nos revela cómo debemos ser verdaderamente humanos.

Nos reveló que Dios es amor y que como todo lo hizo Él, entonces todo tiene significado, belleza y puede redimirse a través del amor.

Cristo nos brinda una visión más clara de las cosas. Podría decirse incluso, un visión interna de las cosas. Las cosas cobran más sentido. Aún hay vida, pero la vida posee un significado, una esperanza de eternidad. Aún existe el matrimonio, pero hoy posee aún más significado, un significado santificador. Aún existe sufrimiento, pero hoy el sufrimiento posee un significado, un compañerismo con Cristo que unió nuestro sufrimiento con su sufrimiento.

Dostoievski - La Belleza que salvará al mundo

Dostoievski tuvo un momento así particularmente memorable en su vida cuando visitó el Kunstmuseum en Basilea, Suiza. Ahí vio una pintura de Hans Holbein el Joven intitulada "El cuerpo de Cristo muerto en la tumba".

Dostoievski y su esposa tuvieron reacciones completamente diferentes ante la pintura. Su esposa estaba horrorizada por "el cuerpo escuálido, que mostraba los huesos y las costillas, con las manos y los pies llenos de heridas".
Pero Dostoievski tuvo una reacción diferente. Así la describió su esposa: "La pintura lo abrumó y se paró frente a ella angustiado... En su rostro agitado había una especie de expresión de miedo que yo había notado a menudo durante los primeros momentos de sus ataques epilépticos. Cuidadosamente tomé el brazo de mi marido, lo llevé a otra sala y lo senté en un banco esperando que tuviera un ataque en cualquier momento. Afortunadamente el ataque nunca llegó. Poco a poco Fiodor Mijailovich se calmó y cuando ya nos íbamos insistió en ver otra vez la pintura que tanto lo había impresionado".

Dostoievski vio en la pintura una profunda realidad. Más tarde, al escribir acerca de la misma pintura en su novela El idiota, la describió así: "Queramos o no, el pensamiento sostiene que la muerte es tan terrible y tan poderosa, que incluso Él, quien la conquistó en sus milagros durante la vida, al final no fue capaz de triunfar sobre ella. Él, que le dijo a Lázaro, ‘¡levántate y anda!' y el hombre muerto vivió, ahora era presa de la naturaleza y la muerte. Al mirar el lienzo, la naturaleza aparece como algo inmenso, implacable, un monstruo bruto, o mejor aún...una gigantesca máquina de los tiempos modernos que ha agarrado, vencido, aplastado y consumido a un Ser grandioso e invaluable..."

Dostoievski se dio cuenta en ese momento de que la esperanza Cristiana es incomprensible si se separa de su firme encuentro con la realidad de la muerte.

Con esto no solo me refiero a la muerte que ustedes y yo debemos enfrentar inevitablemente o la muerte de un ser amado, sino a la muerte de Jesucristo.

Y es a donde nos conduce cada encuentro con la belleza de Cristo. Se trata de una belleza que el Papa Benedicto XVI describió como "la belleza del amor que llega hasta el final".

La Belleza que es Amor

Es la belleza de Cristo. En 2006, el Consejo Pontificio para la Cultura describió a Cristo como el arquetipo de la belleza de este modo: "La contemplación de Cristo en el misterio de la encarnación y de la redención es la fuente viva a la que el artista cristiano acude para encontrar su inspiración para hablar del misterio de Dios y el misterio del hombre salvado por Jesucristo...'la la belleza del arte cristiano' se caracteriza por su capacidad de pasar desde el interior ‘para sí' al ‘más que uno mismo'".

Este concepto va más allá de la obra de arte Cristiana. También es verdad en la vida.

Es lo que la joven discapacitada hizo en la Ciudad de México. Mostró una capacidad para vivir algo y mostrar algo más que a sí misma. Las conexiones entre la gente se construyen precisamente así. De hecho, así se construye todo amor.

Cuando las personas viven como cristianas, es decir, como seres humanos amorosos, no solo seguimos el camino de Cristo, sino que viviendo la vida como Cristo, revelamos a los demás quiénes son: seres hechos de amor y para el amor. Hacemos su vida comprensible.

Lo que algunos pueden ver como simple dolor es en realidad algo más que dolor: es una oportunidad para ver y crear belleza. Cuando una persona sufre cerca de nosotros, Cristo está proponiéndonos que la cuidemos, que la visitemos, que la alimentemos. Nos brinda la oportunidad de crear belleza de naturaleza espiritual con esa persona, así como la oportunidad de darnos cuenta que esa belleza espiritual no es superficial, por el contrario, es la forma de belleza más profunda, la más auténticamente humana.

Mucho antes de que Juan Pablo II se convirtiera en Papa, escribió una obra de teatro acerca de Santo Hermano Alberto, el gran artista polaco que abandonó la pintura para fundar una orden religiosa dedicada a los pobres. En la obra, hay una escena en la que el artista está pintando su famoso retrato de Cristo, Ecce Homo. En la pintura describe a Cristo momentos después de ser azotado cuando Pilatos lo entrega a la multitud.

En la obra, el artista le habla a la imagen de Cristo que acaba de pintar:
"Aún eres terriblemente diferente a Él...
Te has esforzado en cada uno de ellos.
Estás terriblemente cansado.
Te han agotado.
Es lo que se llama caridad.
Pero con todo esto has permanecido bello.
El más bello de los hijos del hombre.
Nunca se repitió tanta belleza.
Oh que belleza tan difícil, que dura.
Esta belleza se llama Caridad".

La belleza de Cristo no era la persona maltratada que el artista había pintado, la belleza que retrató era el acto de amor.

Por esta razón la belleza que salvará al mundo - que los salvará a ustedes y a mí - no es una belleza hecha por manos humanas. La belleza lo bastante fuerte para salvar al mundo debe ser una belleza lo bastante fuerte para conquistar la muerte. Debe ser una belleza lo suficientemente fuerte para vencer a la cultura de muerte que crea el mundo.


La Eucaristía - una amistad dinámica y viva

Es la razón por la que los dones que nos da Cristo - la Iglesia y la Eucaristía - son tan importantes. La Eucaristía es la paradoja transformadora, completa. Es transformadora de nuestro ser, pero una paradoja para nuestro pensamiento.

Un objeto totalmente inanimado es la presencia de Dios más completa e inalterada. Algo hecho por las manos humanas - el pan y el vino &ndashse convierte en el don de Dios, que todo lo creó y que nos da nueva forma con la gracia desde dentro.

El hecho es que un amigo no es "genérico". Un amigo es alguien a quien se llega a conocer, alguien que revela algo de sí mismo y que se dirige a lo mejor que hay dentro del otro.

En Corpus Cristi, poco después de ser electo Papa, Juan Pablo II ofreció una bella expresión de esta amistad eucarística transformadora: Dijo:

"Jesús es el amigo que nunca os abandona; Jesús os conoce uno por uno, personalmente; sabe vuestro nombre, os sigue, os acompaña, camina con vosotros cada día; participa de vuestras alegrías y os consuela en los momentos de dolor y de tristeza. Jesús es el amigo del que ya no se puede prescindir cuando se le ha encontrado y se ha comprendido que nos ama y quiere nuestro amor.
Con Él podéis hablar, hacerle confidencias; podéis dirigiros a Él con afecto y confianza. ¡Jesús murió incluso en una cruz por nuestro amor! ¡Haced un pacto de amistad con Jesús y no rompáis jamás! En todas las situaciones de vuestra vida, dirigíos al Amigo divino, presente en nosotros con su "Gracia", presente con nosotros y en nosotros en la Eucaristía."

El camino de cada uno de nosotros hacia Cristo es diferente, y el peregrinaje con Cristo de cada uno de nosotros es exclusivamente personal. A veces es un drástico cambio de vocación, pero con más frecuencia, tiene lugar en las experiencias diarias. Lo que es universal, absolutamente constante en la vida de cada persona, es que Cristo se encuentra con nosotros donde estemos y si estamos dispuestos, Él nos lleva a un nuevo lugar y a una nueva vida, es decir, a un lugar y a una vida más cerca de Él.

Los dos grandes mandamientos

Enfrentar el sufrimiento, como las personas de México o las muchas otras que conocí el mes pasado en Haití, también nos lleva a preguntarnos: ¿Qué tipo de ingenuo impulso podría creer que la "Belleza salvará al mundo?"

También me impresionó lo que la encarnación de Cristo no hizo. Cristo no vino a establecer una nueva red social o realidad política.

Sin embargo, Cristo sí reveló que todo lo hace por amor y da un mandamiento: "Ámense los unos a los otros como yo los he amado".

Es imposible forzar a alguien a experimentar y a apreciar la belleza de Cristo. No obstante, para que los demás encuentren a Cristo en nosotros, nosotros mismos debemos esforzarnos por seguir a Cristo, ser como Cristo para los demás.

Por esta razón, el reto no termina reconociendo a Cristo. Es solo el inicio.

La pregunta es, ¿qué tanto soy como Cristo en mi vocación, en mi familia, en mi trabajo, en mi comunidad, entre mis amigos y entre los extraños?

Hace unos años, antes de convertirse en papa, hablando con jóvenes en la Catedral de Munster, el Padre Joseph Ratzinger observó que se nos plantea un extraordinario reto. Dijo:

"Porque el amor, como se retrata aquí como la satisfacción de ser cristiano, demanda que intentemos vivir como Dios vive...Él nos ama, no porque nosotros seamos buenos, sino porque Él es bueno.

...Ama incluso en la raída vestimenta del hijo pródigo, que ya no usa nada encantador. Amar en el sentido cristiano significa tratar de seguir este camino".
Al final, esta forma de vida es un asunto de gracia. Es un asunto de perseguir y ser perseguidos por lo que Dostoevski llamó "la belleza que salvará al mundo".

Dostoevski nunca dijo explícitamente lo que quería decir al escribir la "la belleza salvará al mundo". Sin embargo, dio una respuesta en otra ocasión cuando escribió: "Me he formado un Credo en el que para mí todo es claro y sagrado. Es un Credo muy sencillo: creer que nada es más bello, profundo, compasivo, razonable, varonil y más perfecto que Cristo".

Esto - y solo esto - es la belleza que salvará al mundo. Si tenemos ojos de fe, no tenemos problemas para ver a Cristo, sin importar cómo se disfrace.

Y con un corazón que ve a Cristo, no tenemos más respuesta que seguir su respuesta de amor. Y si suficientes cristianos actúan así, realmente el mundo irradiará la belleza de Cristo.

Como escribió Juan Pablo II, "el hombre es tanto artífice de sí mismo como el modelo del gran artista. El hombre es un buen artista cuando se moldea a sí mismo y permite que se le moldee para participar en la redención de Cristo".

Entonces las preguntas que debemos hacernos a nosotros mismos son: "¿Permitiremos que este amor nos moldee?" "¿Permitiremos que la belleza nos moldee?

Por Carl Anderson

Amigos y enemigos


(En la foto: Richard J. Bernstein)

La política y su origen




He leído hace unas pocas semanas la reciente traducción castellana del libro de Richard J. Bernstein El abuso del mal, subtitulado «La corrupción de la política y la religión desde el 11/9». Se trata de un magistral ensayo centrado en el choque de mentalidades que vive la sociedad norteamericana después del pavoroso atentado terrorista de las Torres Gemelas. Por un lado, quienes con Bush a la cabeza se sienten atraídos por los absolutos morales rígidos y creen estar luchando contra el Mal con mayúscula, y de otro lado, quienes no se sienten en posesión de la certeza absoluta y enfocan la vida con una mentalidad falibilista más abierta. El filósofo de la New School of Social Research de Nueva York resulta un defensor convincente de este segundo enfoque, que considera además esencial para mantener viva la tradición religiosa judeo-cristiana.

Para Bernstein la cuestión central de nuestro tiempo no es el conflicto de civilizaciones, ni siquiera la confrontación entre el ámbito religioso y el secularismo galopante sino que, más bien, el problema capital de la sociedad americana se encuentra en la división entre quienes consideran que el pensar es un signo de debilidad y quienes sostienen que la mejor manera de organizar la convivencia es poniéndose a pensar. La moda del discurso sobre el bien y el mal —escribe— «es un abuso porque, en lugar de invitarnos a cuestionar y a pensar, se utiliza el discurso del mal para reprimir el pensamiento. Esto es muy peligroso en un mundo complejo y poco seguro».

Bernstein asigna una notable importancia para el análisis del discurso político actual a Carl Schmitt, el conocido jurista y politólogo alemán, fallecido en 1985. En particular, llama la atención sobre el criterio distintivo de la política que Schmitt acuñó en su artículo «El concepto de lo político » de 1927: «La distinción política específica a la que pueden reducirse las acciones y los motivos políticos es la que existe entre amigo y enemigo». Con aquella afirmación Schmitt venía a decir que la enemistad es un rasgo básico existencial del ser humano y que no hay política estrictamente hablando si no hay un enemigo público claramente definido. Frente al humanismo universal de la década precedente, la nueva «Guerra contra el Terror», que ha seguido al atentado del 11 de septiembre, ha creado en los Estados Unidos un fuerte sentido de identidad nacional y un objetivo político aglutinante.

Otro modo de hacer política

Sin embargo, si miramos a nuestro país, la clave del momento presente se encuentra en que el partido en el Gobierno y el principal partido de la oposición se ven mutuamente como mortales enemigos públicos. Esa enemistad radical hace imposible cualquier colaboración efectiva, que sería lo más razonable y lo que probablemente deseamos la mayor parte de los ciudadanos. La causa de la cerril hostilidad entre ambos partidos se encuentra —a mi entender— en la carencia de convicciones básicas de las dos formaciones políticas que se disputan el poder. Quienes no tienen convicciones no son capaces de poner sus ideas en confrontación democrática con las de los demás y se autodefinen simplemente por la oposición mecánica a sus rivales. No tienen ideas y, si las expresan en alguna ocasión, no tienen el menor rubor en sostener la idea exactamente opuesta a los pocos días sin advertir siquiera que se están contradiciendo. Tenemos un gravísimo problema de formación intelectual y de liderazgo efectivo de nuestros políticos y por eso no inspiran confianza alguna a sus electores. No nos fiamos de ellos, porque casi siempre desconocemos cuáles son sus convicciones y cuál va a ser su actuación efectiva.

La política norteamericana ha identificado el terrorismo internacional como el enemigo público al que combatir. Nosotros, en cambio, podemos decir que el verdadero enemigo lo tenemos dentro de nuestras instituciones políticas.

Por Jaime Nubiola

viernes, 20 de agosto de 2010

Comentario al Evangelio del 22 de agosto de 2010


Día 22 XXI Domingo del Tiempo Ordinario

Evangelio: Lc 13, 22-30 Y recorría ciudades y aldeas enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén. Y uno le dijo:
—Señor, ¿son pocos los que se salvan?
Él les contestó:
—Esforzaos para entrar por la puerta angosta, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán. Una vez que el dueño de la casa haya entrado y haya cerrado la puerta, os quedaréis fuera y empezaréis a golpear la puerta, diciendo: «Señor, ábrenos». Y os responderá: «No sé de dónde sois». Entonces empezaréis a decir: «Hemos comido y hemos bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas». Y os dirá: «No sé de dónde sois; apartaos de mí todos los servidores de la iniquidad». Allí habrá llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán y a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras que vosotros sois arrojados fuera. Y vendrán de oriente y de occidente y del norte y del sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Pues hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.


El infierno



Ningún ideal se hace en realidad sin sacrificio. Esta afirmación, bastante evidente, por otra parte, es un lugar común en la enseñanza pastoral de san Josemaría, y viene a ser una síntesis de la respuesta de Jesús al que le pregunta sobre el número de los que alcanzan la Gloria Eterna. Que es necesario esfuerzo por lograr los objetivos que se valoran, está a la orden del día. A más alto el objetivo, más suele costar y a nadie le extraña. Sucede tanto en el precio económico de los diversos objetos, como, por ejemplo, en el tiempo que hace falta –más número de meses, o incluso de años– para culminar con éxito ciertos estudios, para dominar con virtuosismo un instrumento musical o para destacar en ejercicio de la propia profesión o en un deporte.

Pero no hay ideal mayor que la Eterna Bienaventuranza. Sin embargo, y por contradictorio que parezca, no pocos piensan que tiene poca razón de ser el esfuerzo, el sacrificio o la renuncia a otras cosas, que se exige como clara condición para llegar al Reino de los Cielos. No se trata, evidentemente, de un imperativo que impone la Iglesia, ni tampoco una exigencia, más bien de tiempos pasados. Los preceptos de la Ley de Dios, aunque se quieran considerar negativamente, no dejan de ser condiciones de posibilidad para gozar de Dios, como lo es abonar el precio de la localidad para contemplar una película o asistir a un concierto.

Nuestro Creador y Señor ha dispuesto que podamos conseguir el ideal de nuestra máxima plenitud, de modo semejante a como logramos los otros objetivos que nos interesan: esos que nos proponemos cada día en la vida corriente. De este modo nuestra respuesta a Dios se integra de modo natural en el quehacer humano. Se entiende bien, por eso, que exista un castigo reservado por Dios para los que libremente no quisieron vivir de acuerdo con las exigencias propia de su condición de criatura; también son castigados, en cualquier sociedad organizada, los que se apartan de unas de normas mínimas que permitan la convivencia. Las penas, que deben ser proporcionadas a la gravedad de los delitos, en ciertas circunstancias se prevén incluso para toda la vida y, en algunos lugares, es legal hasta la pena de muerte.

En todo caso, Jesucristo reveló la existencia del infierno de los condenados, para el castigo eterno de los rebeldes al amor de Dios. La magnitud del castigo es otro argumento a favor de la infinita dignidad del ofendido: el tamaño de la pena justamente merecida depende de la magnitud de la ofensa, y ésta de la categoría del ofendido; en este caso, el mismo Dios. Por otra parte, de la existencia del infierno se puede deducir el tesoro de grandeza que salvaguarda y, por tanto, el logro inconmensurable que supone la adhesión a Él. En cierto sentido, el Cielo y el Infierno parecen exigirse mutuamente hasta desde un punto de vista racional, en consonancia con la justicia divina. Pero para que ninguno pueda estar desprevenido, quiso Nuestro Señor referirse de modo expreso a su existencia. Además, ha habido revelaciones privadas acerca de existencia del infierno y de las penas que padecen los condenados. Así lo describe, por ejemplo, sor Lucia, una de las videntes de Fátima:

Nos vimos como dentro de un gran mar de fuego. Dentro de este mar estaban sumergidos negros y ardientes, los demonios y almas en forma humana, semejantes a brasas transparentes. Sostenidas en el aire por las llamas, caían por todas partes igual que las chispas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre grandes gritos y aullidos de dolor y de desesperación, que hacían temblar de espanto.
Fue seguramente ante esta visión cuando yo lancé la exclamación de horror que se asegura fue oída.
Los demonios se distinguían de las almas humanas por sus formas horribles y repugnantes de animales espantosos y raros, pero transparentes, igual que carbones encendidos.

Nuestra Madre la Iglesia enseña también con franqueza cual es el destino de los que consuman su existencia en oposición al Creador. Aun a riesgo de extenderme demasiado en esta ocasión, transcribo algunos párrafos del Catecismo de la Iglesia Católica:

1034 Jesús habla con frecuencia de la 'gehenna' y del 'fuego que nunca se apaga' (cf. Mt 5, 22.29; 13, 42.50; Mc 9, 43-48) reservado a los que, hasta el fin de su vida rehusan creer y convertirse , y donde se puede perder a la vez el alma y el cuerpo (cf. Mt 10, 28). Jesús anuncia en términos graves que 'enviará a sus ángeles que recogerán a todos los autores de iniquidad..., y los arrojarán al horno ardiendo' (Mt 13, 41-42), y que pronunciará la condenación:' ¡Alejaos de Mí malditos al fuego eterno!' (Mt 25, 41).
1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, 'el fuego eterno' (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; SPF 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.
1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: 'Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran' (Mt 7, 13-14) :
Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra, mereceremos entrar con él en la boda y ser contados entre los santos y no nos mandarán ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde 'habrá llanto y rechinar de dientes' (LG 48).
1037 Dios no predestina a nadie a ir al infierno (cf DS 397; 1567); para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final. En la liturgia eucarística y en las plegarias diarias de los fieles, la Iglesia implora la misericordia de Dios, que 'quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión' (2 P 3, 9):
Acepta, Señor, en tu bondad, esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia santa, ordena en tu paz nuestros días, líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos (MR Canon Romano 88).

Cuantos tratamos habitualmente a Santa María como Madre, vivimos más con la ilusión de recibir su cariño y de amarla, junto a su divino Hijo, que con el temor de ser castigados. San Josemaría nos recuerda que los mismos sentimientos surgen cuando tratamos a Dios como Padre: Un hijo de Dios no tiene ni miedo a la vida, ni miedo a la muerte, porque el fundamento de su vida espiritual es el sentido de la filiación divina: Dios es mi Padre, piensa, y es el Autor de todo bien, es toda la Bondad.
—Pero, ¿tú y yo actuamos, de verdad, como hijos de Dios?